Para mi hijo Ignacio
La tarde de finales de diciembre en la que Eulogio Serrano decidió devolver la magia que le habían prestado, llevó a sus hijos al campo para que vieran las tablillas arañadas del coto y el sarampión de botecitos de cristal que le había salido al antiguo olivar de su padre. Hacía años que tenía clavada en la conciencia una hipoteca de historias que le obligó a abrirse paso entre jaramagos y ortigas y a decirle a sus hijos que todos los préstamos, especialmente el de la atención, había que devolverlos siempre enteros.
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Los olivos, arrumbados y vencidos por la insistencia de la naturaleza, habían empotrado a los viejos botecitos de penicilina que su padre pinchaba en los huecos de los troncos y donde guardaba cuentos y frasecitas densas. En cuanto Eulogio rozó con la yema de los dedos los culos encastrados de los botes, los recuerdos le subieron por los brazos como sube el café por los terrones de azúcar, y no tardó en darse cuenta de que aún estaban enganchadas a las potreras aquellas palabras de algodón que hacían que las historias de su padre salieran tiernas y creíbles. Y recordó cómo le dolían en sus tripas de niño los villancicos que llegaban al olivar arrastrados por el aire desde la torre, y en aquel mundo de estrecheces, en donde lo único que se podía ensanchar era la cabeza, su padre le suavizaba las mañanas frías con cuentos de borrajo y alhucema para que el trabajo del campo en navidad, no le grabara en el paladar un sabor a cobre amargo como si se hubiera pasado la infancia chupando las campanas de la iglesia.
Por entonces había pocos hombres que supieran quitarle peso a las frases y contar historias ligeras que tamizaran la aspereza del campo, había pocos porque las palabras Nochebuena y Añonuevo estaban crudas, y aunque se empezaban a cocer en el pecho caliente de algunas familias enteras, como la suya estaba partida por la mitad desde hacía años, todavía no olían a turrón ni a arroz con leche y canela, sino a madrugones con carámbano y a aceitunas moriscas.
Por eso, en medio del olivar, les contó a sus hijos que aquel día de abril, cuando se hizo la oscuridad total en la mina y el agua que inundaba las galerías le llegó por encima de los tobillos, se acordó con claridad de cuando su padre le contaba que había libélulas, gordas como vacas lecheras, que tenían las alas de cuero curtido y el lomo lleno de piedras de pedernal. Y que eran bichos tan raros que todavía no tenían ni nombre, pero que, a fuerza de comer fajina de cunetas, ortigas verdes y cardos borriqueros, tenían unos ardores que hacían que el estómago se les saliera por la boca a llamaradas. Y en aquella tarde de diciembre se lo repitió a sus hijos con silencios largos hasta que le dijeron exaltados, que esos tenían que ser dragones, papa, seguro que eran dragones.
Y luego les contó que en medio de la oscuridad total, cuando los de fuera lo creían ahogado y cuando la humedad de los túneles de la mina le empezaba a ablandar el esqueleto y el coraje, se le pegó en el interior de los párpados la imagen de su padre delante de una candela de ramón, y el recuerdo de cuando le contaba que había oído hablar de damiselas que daban besos restallones que hacían que los sapos aprendieran a hablar en alemán, y que con una vilorta de olivo, lo mismo hacían llover que hacían un carro de una calabaza, y se encogía de hombros hasta que sus hijos le explicaron que esas cosas solo las hacían las hadas, papa, seguro que eran hadas.
Y cuando las fronteras entre lo real y lo fabuloso empezaron a diluirse, Eulogio Serrano tuvo que explicarle a sus hijos que cuando creía que se ahogaba en silencio en el fondo de aquel agujero, casi sin querer y como una necesidad del espíritu, empezó a contar en voz alta la prodigiosa historia de unos Príncipes que traían regalos a los niños por el simple hecho de serlo. Y recordó cuando su padre le contaba que venían de un sitio tan apartado que para situarlo en los mapas lo tuvieron que llamar el lejano oriente, pero que como nosotros vivíamos tan cerca de la puesta del sol, los Príncipes llegaban siempre con el año terminado y muchas veces solo con las escurrajas de los fondos de las sacas. Su padre le dijo que para equilibrar el reparto, decidieron enviar a una embajada de jornaleros forzudos para que los pajes de los Príncipes les explicaran el funcionamiento del oriente, pero se hicieron tan viejos por el camino que no se acordaban de lo que oyeron ni de lo que vieron; y solo trajeron un tatuaje escrito en arameo y repartido por los brazos de la cuadrilla que decía que un día todo cambiaría, que el día que aquellos Príncipes decidieran venir dando la vuelta por el lado contrario, llegarían, esta vez sí, antes del solsticio y nosotros seríamos los primeros en verlos y los primeros en soñar con milagros.
Pero Eulogio Serrano no les quiso contar a sus hijos que mientras los magos encontraban el camino del poniente, aquella generación se hizo mayor esperando el día que pudieran escoger el color de los balones, el pelo de las muñecas y el sabor de los caramelos. Sin embargo, se redondeó la voz para contarles que, aunque nació entero y con todas sus piezas de hombre, cuando sonaban los villancicos en la torre, se le apagaban sus mecanismos de hijo porque le olían a penicilina y a familia rota. Y que por eso y un poco después de afeitarse la pelusilla del bigote, sin que su padre lo supiera, les escribió con su letra de parvulario una carta secreta a los Príncipes, y les pidió que lo quitaran del barro, que lo quitaran del olivar frío de diciembre, que lo escondieran donde no se escucharan los villancicos de la torre, que lo ocultaran en donde no viera su pasado, y se lo pidió con tanta pasión que le apagaron la luz del sol, le borraron las estaciones, le silenciaron a los zorzales y a las retorderas y le trajeron carbón haciéndolo minero.
Y le siguió contando que mientras se hacía hombre, el espíritu y el bigote se le ennegrecieron porque los magos de oriente le cambiaron el barro del olivar por el carbón de la mina. Y contra la voluntad de su padre empezó a trabajar picando en los túneles de San Agustín para alimentar los hornos de la fábrica de cemento, y un año después, una tarde de abril, el pozo de Beatriz se inundó y mientras recordaba los cuentos de algodón de azúcar y los botes de penicilina empotrados en los troncos, sus amigos fueron corriendo hasta los olivos a decirle a su padre que Eulogio estaba enterrado en agua en el fondo de la mina.
Por aquí y por entonces, todo el mundo sabía que Dios quiso que los burros anduvieran más despacio que los caballos para que a los hombres del campo les diera tiempo de ir dejando las miserias por el camino, pero que solo las experiencias amargas te enseñaban que, en los días de zozobras y apremios, como ese día de abril, estaban obligados a ir recogiendo todos los malos pensamientos arrumbados en las cunetas. Para eso, precisamente para eso, y para vacunarse con palabras contra el desconsuelo, el padre de Eulogio tenía guardado entre los huecos de las troncas un arsenal de ideas metidas en botecitos de penicilina usados. Y por eso buscó el que tenía escrito la paradoja de la astilla, y para no reventar de angustia mientras regresaba a casa imaginando a su hijo en el fondo de la mina, y para recordarla y para aliviarse el peso de la ansiedad, la fue escribiendo a arañazos y por fascículos en las tablillas del coto.
Y cuando en aquella madrugada de abril sacaron de la mina a Eulogio Serrano vivo y tiritando, su padre estaba en la boca del pozo respirando estropajos secañosos y vestido tan de negro que se confundía con la noche, pero como tenía un olor tan intenso a ramón con caldillo, a dragones con hadas y a Príncipes de Oriente con botecitos de penicilina, no necesitaron verse para abrazarse.
-Papa, tenemos que guardar en los botecitos de penicilina la rareza de la niñez, y escribir en la tirita de papel que uno aprende a hacerse adulto en el momento que empieza a darse cuenta de que es hijo.
Y años después, los Príncipes se hicieron Reyes, y en cuanto empezaron a usar el camino del poniente, supieron hacer que las albercas ascendieran a categoría de piscina, que los corrales de cagajones se hicieran patios ajardinados y que las boticas de la penicilina se elevaran a farmacia de pastillas de colores. Fue entonces cuando Eulogio llegó al olivar de su padre para dar empujoncitos suaves a los engranajes de sus hijos, y mientras se preguntaban por el contenido de los botecitos de cristal incrustados para siempre en la carne viva del olivar, descubrieron en el suelo unas huellas de cascos anchas como plastas de vacas, y vieron en los chupones de los olivos pelusas ondeantes de armiño. Y para pagar su deuda de magia prestada, se encogió de hombros hasta que sus hijos le dijeron que las huellas tenían que ser de dromedarios, papa, y que las pelusas deben ser de la felpa de las capas de los Magos, seguro, papa, seguro, y que cuando este año entren por la chimenea, no les daremos polvorones con anís, sino pan con azúcar y aceite del olivar, filtrada y llena de cuentos de botecitos para que en su viaje de regreso, lo mismo que el abuelo, se entretengan con las historias clavadas para siempre en las troncas de los olivos y de la memoria.

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